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Resultados Crees que no le gustas a los demás cuando te miran 1 2 - Vanessa Martínez Cañadas

ÉSTOS SON TUS SIGUIENTES PASOS

Léelos atentamente y descubre mis recomendaciones

Te importa mucho lo que los demás piensen de ti

Hay muchas personas que dependen de los demás para sentirse bien, no eres el/a único/a.
Que, si no se consideran “vistas”, se sienten pequeñas, insignificantes, poca cosa…
Y con “vistas” me refiero a que el otro te valide de alguna forma, ya sea con sus palabras, con gestos de aprecio o, simplemente, no ignorándote.
Personas que se sienten bien hasta que alguien no las mira, hasta que alguien no les pregunta qué tal, hasta que alguien no se interesa por ellas…
Es como si no existieran hasta que otro no las ve.
¿Qué pasa cuando alguien no te dice lo que tú quieres escuchar? Te enfadas, te amargas el día.
¿Qué pasa cuando ves alguien que está enfadado? Crees que es culpa tuya que has hecho algo mal. “Seguro que piensa que soy tonta/o, que soy débil que no tengo personalidad”.
Personas que se pasan el día pensando en lo que tendrían que decir para quedar bien y en lo que tendrían que hacer para gustar al otro.
“No debería hacer esto, no debería decir aquello, al final voy a quedar mal…”
Yo también fui un poco así, y recuerdo aquella sensación de que todo giraba en torno a mí, de que todo era por mi, de que lo que hacían y decían los demás siempre tenía que ver conmigo… Y siempre, por supuesto, para mal.
Las personas que necesitan sentirse vistas también son personas que se callan por miedo a decir algo que no guste.
Como puedes ver, las personas que viven para agradar a los demás suelen hacer lo que los demás esperan de ellas, y no lo que les apetece o les gustaría.
En parte, por ese miedo a que te dejen de querer, que en realidad es señal de que tú no te quieres y no te valoras lo suficiente.
También porque a muchos, de pequeños nos dijeron que teníamos que agradar a los demás sí o sí, pase lo que pase.
Que era súper importante lo que los demás pensaran de nosotros y que había que dar una buena imagen.
Por ejemplo, “no grites que te van a escuchar los vecinos”.
Ahora te digo yo grita fuerte y que te escuche el mundo entero tu verdad.
Enfócate en ti.

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La máscara de tipo duro, el niño bueno, el salvador…
Todos utilizamos máscaras en algún momento, pero algunas las llevamos tanto tiempo que se quedan adheridas a nuestro ser.
Las máscaras son instrumentos que utilizamos para intentar adaptarnos a unas circunstancias y, así, reinventarnos para seguir adelante. Nos permiten actuar como si fuésemos capaces de cualquier cosa y nos protegen de lo que creemos que puede dañarnos.
Es decir, las máscaras son mecanismos de defensa inconscientes que intentan poner a salvo nuestro verdadero “yo” cuando puede estar en peligro.
Aprendemos a usar las máscaras desde pequeños cuando nos damos cuenta de que, en determinadas situaciones, no podemos comportarnos como nos gustaría si queremos ser aceptados.
Así, aprendemos que debemos controlar, por ejemplo, nuestra frustración y rabietas para que nuestros padres nos den su aprobación. O debemos ser pacientes y simpáticos con nuestros compañeros de la escuela para lograr también esta aceptación.
Aprendemos a usar máscaras desde que somos niños hasta que morimos. Algunas de ellas nos salvan, otras nos dañan. Es curioso que muchos de nosotros compartimos algunas de ellas. Veamos algunas de las más conocidas:

  • El niño bueno. El niño que aprendió a portarse bien siempre para ser aceptado, que le cuesta poner límites o dar su opinión por miedo a no tener la aprobación. Busca el afecto a través de la dulzura y de satisfacer el otro.
  • El guerrero. Aquella máscara que se creó en duras batallas nos permitió salir airosos de grandes adversidades. Permite apartar el miedo y la indecisión que podemos sentir para tomar el mando.
  • El pasota. El personaje que se defiende de las amenazas externas ocultando su sufrimiento.
  • El salvador. Necesita salvar a todas las personas y es algo muy personal. Seguidores de los casos perdidos e inmerecidos responsables de las desgracias ajenas.
  • El sufridor. Aprendió que en la vida todo son desgracias y que la forma de buscar el amor de los demás y su atención es a través del victimismo.
  • El tipo duro. Una máscara habitual de las personas más sensibles que temen ser heridos y parecer vulnerables. Ante este temor, han aprendido a mostrarse poco emocionales e, incluso, agresivos.
  • El eterno feliz. Las personas que pueden tener más dificultades para aceptar emociones como la tristeza, la rabia o la pérdida fingen que todo está bien con una amarga sonrisa. Una huida hacia delante de sus emociones.
  • El chistoso. Son aquellos que aprenden con humor a huir de sus emociones. Es una máscara similar a la anterior que, además, puede creer que los demás no le aceptarán si un día deja los chistes y se sincera.

Es hora de enfocarte en ti y convertirte en quien siempre deberías de a ver sido y no te has permitido.

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